Excerpts

Excerpt from Dead Time by Carlos Rubio

 

dead_time-tiempo-muerto_125 Cuando Herminio Aguado abrió los ojos aquella mañana soleada, sintió la convicción de que ese día mataría a un hombre. No se alarmó en lo absoluto, como se supondría, al encontrar tal certidumbre en su mente: subconscientemente había tomado esa decisión la noche anterior. Súbita, casi abruptamente todo había cuajado de una forma nítida, transparente, en aquella mañana repleta de sol. Era un buen día para morir.
No se incorporó de inmediato, sino que se quedó en el lecho, saboreando a plenitud aquella resolución que le había llegado como un ave que suavemente se posa con plena confianza sobre la rama acogedora de un árbol florido.
El sol se derramaba, con una tenacidad irreprimible, por el amplio ventanal que daba al jardín, llenando el dormitorio de una claridad como hacía tiempo no recordaba. Arriba precisó las cornisas de maderas ancestrales, noblemente labradas por manos finas de artesanos concienzudos, el suave empapelado cuyos diseños remedaban discretos arreglos florales con sobrios fondos de breves filigranas color hueso viejo. A ambos lados del ventanal los brocados de las cortinas tamizaban los más oblícuos rayos solares, creando un encaje visual sobre la pared de fondo, donde un crucifijo de marfil se debatía en la semipenumbra.
Con un gesto lento, casi reverente, extendió la mano abierta que contenía una caricia. Era un gesto engendrado por más de quince años del vivir cotidiano, dictado por su subconsciente: el lecho estaba vacío. Pensó en Adriana. A pesar de haber estado durmiendo solo durante los últimos tres años, seguía ocupando el lugar de siempre, como si secretamente esperase que en cualquier momento ella regresase a su lado.
Al rato se levantó, calzó las pantuflas elaboradas de lana de llama –habían sido un regalo de Adriana– y se asomó a la amplia luna azogada de bordes biselados que abarcaba el centro del tocador. La superficie le devolvió una imagen un tanto cansada, de sienes nevadas y ojos carentes de vida. Sobre el cristal protector del tocador aún descansaban, como aguardando a la ausente, los diversos potes de productos embellecedores: cremas suavizadoras; lociones perfumadas; ungüentos lenitivos y arreboleras parisinas. Un cepillo con mango de plata labrada e incrustaciones de madreperla todavía guardaba, atrapados en sus rígidas cerdas, unos cabellos largos, color miel clara.
En el armario, resguardadas de las ávidas polillas por las implacables bolas blancas de alcanfor, todavía colgaban blusas y basquiñas. En cajas redondas con nombres extranjeros estampados sobre las tapas descansaban sombreros ornados de lentejuelas sobrias –describían diseños complejos que se entrecruzaban interminablemente– y que sólo aparecían en ocasiones muy especiales. A pesar de su muerte, nada había cambiado en la habitación.
Herminio Aguado se vistió lentamente, acicalándose con singular esmero en aquel día tan especial. Pasó entonces al comedor. Ya la fiel criada que lo hubiera acompañado durante los últimos años se atareaba con los quehaceres del desayuno. Era una anciana magra, de cabellos plomizos que aprisionaba con denuedo en un moño sobre la nuca con una peineta de carey. Se desplazaba por la casa sigilosamente, plenamente consciente de que en cualquier momento la menor infracción podría ofender la memoria de la dueña que se advertía por todos los rincones del caserón. Atendía con callada solicitud las necesidades del arquitecto Aguado, pero sin presentar estorbos indolentes a la soledad en que él mismo había elegido vivir desde la muerte de su mujer.
La vajilla italiana contrastaba suavemente con el mantel de hilo cuidadosamente planchado por la sirvienta esa mañana. Al sentarse a la mesa, se dio cuenta que no tenía hambre, pero de todas formas inició el desayuno con una taza de café negro, que disfrutó con elongada fruición. Después se sirvió unas tostadas humeantes que cubrió con una fina capa de mantequilla danesa. Alternó éstas con pequeños sorbos de zumo de naranja, recién exprimido esa mañana. Al rato se sirvió otra taza de café, que llevó con él a su despacho particular y colocó sobre la mesa de trabajo. Con ademanes lentos se dirigió a la consola rococó que ocultaba la vitrola y abrió las puertecillas que ostentaban un escudo labrado sobre la obscura madera. De un estante interior, el cual las mantenía en posición vertical, tomó una de sus grabaciones favoritas: Las Cuatro Estaciones, del compositor Antonio Vivaldi. Desde su juventud había desarrollado una temprana afición por su música. Ajustó el volumen y entonces se sentó al escritorio, cuya superficie cubrían documentos con rúbricas ilegibles, unos libros de arquitectura, y un jarrón de porcelana de Sèvres –adquirido por Adriana durante una de sus visitas a Francia– donde unos faunillos retozaban alegremente a orillas de un lago. El jarrón contenía una rosa roja, colocada allí muy temprano por la mano solícita de la sirvienta, y proveniente del jardín que tanto cultivara Adriana en vida.
De un bargueño de pie de puente con tallas renacentistas extrajo un revólver, que con calmada lentitud colocó sobre la verde superficie del papel secante que se encontraba frente a él. La frialdad del metal, el tono opaco de sus variadas superficies, los ángulos abruptos de sus piezas lo convertían, verdaderamente, en un objeto que estéticamente no inspiraba ninguna emoción. No se destacaba ni por su color, tamaño o textura. Era algo pedáneo, por lo menos en apariencia. Todo esto cambiaba de inmediato al ser empuñado por la mano de un hombre. Se tornaba entonces en una extensión de las pasiones ocultas, de los rencores más íntimos. En resumidas cuentas, en un objeto deleznable.
Con el pulgar oprimió el botón lateral y la masa se desplazó hacia el lado izquierdo, poniendo al descubierto la parte trasera de las balas. Las extrajo de sus cilindros y las colocó, una por una y con cuidado, sobre el papel secante, hasta que semejaron una fila de soldados en atención. Los casquillos reflejaron la luz, como brillantes uniformes militares acabados de estrenar; las puntas de plomo simularoncabezas ocultas protegidas por cascos bélicos.
Apretó el gatillo. El chasquido seco fue apenas audible por encima de la música que brotaba de la vitrola.
Concluía La Primavera.
De una gaveta inferior de su escritorio extrajo una estopa, un frasquillo metálico y una pequeña baqueta cuyo mango de alambre trenzado concluía en un abierto signo de interrogación.
Conjuntamente con las primeras notas de El Verano comenzó la limpieza del arma. Sumergió la baqueta repetidamente, después de aceitarla, en el orificio del cañón, aplicándole un movimiento rotativo. Repitió la misma operación con las seis cámaras cilíndricas de la masa. Aceitó entonces el eje central, al mismo tiempo que hizo girar el tambor rápidamente con un movimiento de la palma de la mano. Con el pulgar echó hacia atrás el martillo; de inmediato sintió la leve vibración del enganche al quedar la amenazante aguja al descubierto. Con movimientos casi delicados deslizó la punta de la baqueta por la superficie interior del martillo. Después absorbió el fino aceite con la estopa, que subsiguientemente deslizó por todo el revólver, casi acariciándolo hasta que el metal quedó lustroso, como listo para una fiesta dominical o un entierro de estío.
Otoño.
Con el brazo extendido levantó el arma. Por un instante eterno, y con un ojo cerrado, se concentró en la mirilla. En la palma de la mano sintió la aspereza de la culata. De nuevo apretó el gatillo; el chasquido seco se confundió con las notas musicales. Lentamente devolvió las balas a sus cámaras y oprimió la masa hasta sentir que las piezas metálicas, recién limpiadas y aceitadas, se acoplaban perfectamente.
Aunque la tarea había concluido, esperó a que la última de las estaciones, Invierno, concluyera. No tenía prisa. Cuando en la atmósfera del gabinete sólo quedaron los leves sonidos de la estática provocados por la aguja del gramófono al pasar por las últimas estrías, se puso de pie. Apagó el aparato y devolvió el disco a su estuche protector. Se colocó el revólver a la cintura. Cuando ya se disponía a transponer el umbral, se detuvo. Volvió sobre sus pasos y tomó la rosa que brotaba alegremente del búcaro de porcelana de Sèvres. Se la prendió en el ojal de la solapa. Antes de abandonar la casa le informó a la sirvienta que no vendría a comer.
Por última vez miró por el ventanal, más allá del jardín, donde se vislumbraba la silueta de la casa que hubiera permanecido desocupada hasta el año anterior, hasta la súbita aparición del matrimonio Crecán. Ése había sido el suceso que había puesto en marcha la cadena de eventos cuya espernada llegaría esa tarde, bajo el sol plomizo y mientras todos dormían la siesta.
De una percha, astutamente colocada detrás de las dobles puertas de ébano, tomó el panamá tono crema, especialmente elaborado de materiales frescos que ostentaban ínfimas perforaciones.
Salió a la calle.
El sol del mediodía le dio de lleno en la cara, forzándolo a cerrar los ojos momentáneamente, hasta que se fue aclimatando al resplandor que surgía de las paredes encaladas. Con pasos presurosos atravesó el parque flanqueado de almendros que apenas proveían sombra sobre los bancos de hierro forjado. Desde sus pedestales las estatuas de los próceres de la patria –sus hazañas grabadas y magnificadas en placas de bronce al pie– lo observaron pasar raudo, con pasos firmes y movimientos certeros, como hacía mucho tiempo no había exhibido. Sintió su propio aliento caldeado que le llegaba en ráfagas entrecortadas a medida que se desplazaba bajo el sol quemante.
Cuando llegó al restaurante Versalles estaba bañado en sudor; sintió las sienes latiéndole descontroladamente. Bajo el dosel rayado y polvoriento de un vendedor de billetes de la lotería se resguardó, fingiendo examinar los números en venta mientras recobraba el aliento. Casi de inmediato el buhonero –un hombre de mediana edad, calvicie incipiente, iscofonía pronunciada y un habano entre los dientes– se le acercó para ofrecerle los números de la fortuna. Se sonrió en su interior, pensando que aunque aquél fuera el número ganador, no cambiaría su destino. De todas formas sacó el dinero de la billetera de iniciales repujadas y pagó por los billetes. Sin molestarse a recibir el cambio, entró en el restaurante. Ya Vicente, amigo desde tiempos universitarios, lo aguardaba sentado a la mesa de costumbre. Hacía años ya, desde el regreso de Herminio de Europa, que almorzaban juntos una vez por semana. Era una costumbre que había magnificado su amistad, y que se extendía más allá de los vínculos profesionales, hasta alcanzar una profundidad de río subterráneo en que abrevaban silenciosamente ambos hombres. Era, en realidad, el único amigo que había tenido durante su juventud universitaria. Lo encontró leyendo el periódico matutino, absorto en las noticias internacionales que pronosticaban un conflicto bélico en un sitio ignoto del orbe. Cuando Vicente lo vio entrar puso el diario a un lado y se incorporó para recibirlo. Se estrecharon la mano.
Aunque nunca lo había expresado abiertamente, todas las acciones de Vicente desde la muerte de Adriana daban a entender sin dudas que estaba preocupado, y con razón, por su amigo. Desde el día del funeral se había recluido éste en la casa que ocupara con su esposa. La compañía arquitectónica, fundada y dirigida por él a raíz de su regreso de Italia, la había puesto en manos de arquitectos más jóvenes que, aunque con menos experiencia, poseían todavía el brío que otorga la juventud. Visitaba semanalmente la oficina –no ya para ejecutar los planos y diseños que tanta fama le hubieran acarreado antaño, o dar el último visto bueno a una maqueta en preparación– sino simplemente para cerciorarse de que todo marchase como debiera. Su capacidad había disminuido de ar-quitecto jefe simplemente a la de un administrador competente, pero no absolutamente interesado.
Su calendario social, antes siempre repleto de invitaciones a cenas concurridas por los más egregios ciudadanos, a conciertos domingueros y a otros variados eventos culturales, ahora descansaba postergado al olvido sobre el escritorio de caoba, sus anémicas páginas en blanco languideciendo bajo la luz famélica de los crepúsculos interminables. Las invitaciones, tan frecuentes antes de la muerte de Adriana, elidieron hasta desaparecer por completo, dada la obstinación del arquitecto en rechazarlas cortés, pero firmemente. Le había dado a entender a todo el mundo que quería estar solo.
A través de todo Vicente se había mantenido inalterable.
Era por esto que los cotidianos almuerzos semanales habían continuado sin interrupción. Aquella amistad de décadas, si acaso, se había profundizado desde la muerte de Adriana. Una vez más era el río subterráneo que ahora atravesaba paisajes solamente iluminados por la fosforescencia espectral de cavernas inexploradas, completamente desconocidas a la mayoría de sus conocidos.
El mismo camarero que los había atendido durante años se acercó con el menú en la mano. Con un gesto fluido lo colocó sobre el mantel de hilo y se retiró. Sabía que siempre tardaban en decidir lo que iban a almorzar. Pero en esta ocasión fue distinto. Herminio, con un ligero ademán de la mano en alto, lo emplazó de regreso a la mesa casi de inmediato. Ordenó sin vacilación dos porciones de chateaubriand precedidas de unos medallones de langosta en croûte y una botella de Veuve Clicquot.
Vicente, sorprendido aunque había conocido a Herminio por tantos años –o tal vez porque lo había conocido por tantos años– no logró disimular su sorpresa y preguntó la razón de un almuerzo tan suntuoso. Herminio sonrió levemente y se encogió de hombros, como queriendo restarle importancia a la pregunta. A los pocos minutos, atascada en una cubeta de plata taxqueña repleta de hielo rallado, llegó la botella de champán. El camarero, con una experta presión ejercida con los pulgares, desalojó el corcho. El río espumante no se hizo esperar, como si el líquido –aprisionado por tantos años– entonara un suspiro de alivio al ser liberado de la vítrea prisión.
En sendas copas de cristal de baccarat (la casa las reservaba para las órdenes del más caro champán importado) y que el camarero llenó con manos solícitas, bebieron. Antes de hacerlo, sin embargo, Vicente insistió en un brindis. “Para un futuro mejor”, dijo.
“A nuestro destino”, Herminio le contestó y volvió a sonreír.
Cuando el almuerzo llegó, ya casi habían agotado la botella. El restaurante era famoso por sus platos franceses –el chef de cocina había rebasado con éxito los arduos cursos del cordon bleu– aunque la mayoría de las órdenes que le llegaban se limitaban a platos típicos. Era por esta razón que cuando recibía un pedido para un plato francés, seesmeraba excesivamente en su factura.
Fue un almuerzo sereno, abundosamente servido por la casa y bien rociado de champán importado. Un almuerzo donde se comparten esa serie de eventos sin consecuencia; en suma, lo cotidiano. Era esto uno de los pilares de aquella amistad: durante años habían estado al tanto de los más nimios detalles de la vida del otro.
Después de una fuerte infusión de café, llegó la cuenta en un platillo de metal labrado cuyas filigranas evocaban los diseños interiores de las cúpulas de La Alhambra. Vicente trató de alcanzarla.
“La próxima es tuya”, le dijo Herminio mientras sonreía y zambullía la mano en el bolsillo del saco, en busca de la billetera inicialada de cuero repujado. Sintió el contacto áspero de los billetes de la lotería que hubiese comprado al entrar en el restaurante. Cuando el mozo regresó, para cobrar la cuenta, Herminio los abandonó también sobre el platillo labrado mezclados con el dinero. Eran parte de la propina. Después de terminar las tazas de café espresso, se despidieron.
Eran las dos de la tarde.
El sol caía ahora casi perpendicularmente sobre el pueblo: las calles se encontraban casi vacías, salvo por algunos niños traviesos, unos vendedores de frutas rezagados y perros sarmentosos que jadeaban incesantemente, siempre en busca de un tinajón de agua fresca o un cantero sombreado donde guarecerse en la tierra húmeda. A pesar del calor no disminuyó el paso presuroso. Al cabo de media hora se encontró frente a la verja del cementerio, cuyas puertas forjadas se abrían como un puente levadizo sobre las aguas del río Estige. Entró sin detenerse ante los kioscos de vendedores de flores pálidas y de velas de cebo amarillento que se agrupaban bajo doseles raídos y maltrechos. Se desplazó con certeza por entre las filas de tumbas ornadas de mármoles tallados, de daguerrotipos languidecientes protegidos del sol y de la lluvia por cristales ovales herméticamente sellados, de escenas bíblicas al relieve en launas de bronce. Lo implacable del sol desteñía el paisaje, otorgándole un tono de marfil milenario procedente del más recóndito moridero de elefantes africanos.
Cuando llegó al panteón familiar, una vez más ese día, se encontraba cubierto de sudor. Se acercó lentamente a la tumba. Extendió una mano trémula que deslizó por el nombre tallado en la piedra, tratando inútilmente de disminuir la distancia que lo separaba de ella. Súbitamente se dio cuenta de que los ojos se le habían anegado, como si todos los recuerdos de una vida entera abruptamente se hubieran dado cita en sus pupilas sin previo aviso. Los tres años que habían transcurrido desde su muerte no habían mitigado el dolor de la separación. Al contrario, su presencia se manifestaba en cada ausencia, en cada objeto que antaño su mano hubiera acariciado, en los silencios interminables que se extendían más allá de los últimos sonidos de la medianoche en la infinita soledad del lecho vacío. Del ojal de la solapa se desprendió la rosa que hubiera sacado esa mañana del jarrón de porcelana de Sèvres; con un movimiento leve la colocó sobre el mármol que el sol de la tarde había convertido en un pedernal casi intocable, al pie del nombre esculpido. Era un manchón de vida en aquel paisaje blanco y calcinado, donde sólo vivían en los recuerdos los que se encontraban enterrados, así fuera en mausoleos de exagerada ostentación, o ya más tarde en osarios discretamente labrados por los mejores artesanos de la república.
Lentamente deshizo sus pasos hasta llegar a la entrada del cementerio. Los vendedores de flores y de velas todavía montaban su perenne guardia a ambos lados de la entrada. Pasó sin prestarles la más mínima atención. Su mente se encontraba ahora ocupada en los minutos que faltaban para que cumpliese su fin.
Una vez más sintió el calor del sol sobre los hombros a medida que se desplazaba por las calles desiertas del pueblo. Después de veinte minutos de marcha, al doblar una esquina, divisó el familiar letrero blanco con letras azules: Café Bohemio. Ahora los latidos del corazón se hicieron más rápidos; sintió que las sienes le querían estallar. Al entrar supo que alguien le hablaba, pero no lo oyó. Arriba los abanos, con su zumbido de abejorro enajenado, incesantemente movían el aire caldeado. Durante unos segundos se detuvo, aguardando a que sus ojos se aclimataran a la súbita semipenumbra.
Sentado a una mesa trasera, con sus compañeros habituales del dominó, divisó al hombre que buscaba. Entonces, con pasos resueltos, se acercó a la mesa y con un movimiento seguro extrajo el revólver que traía a la cintura. Sin vacilación disparó casi a quemarropa sobre el pecho que cubría la camisa blanca. Un manchón rojo, como una flor naciente, apareció sobre la tela, extirpando instantáneamente la vida de Alejandro Crecán.

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